Emprendedores sin Fronteras
El terremoto como oportunidad. Suena a cliché, pero en Capital asumimos la consigna y nos sumamos a Emprendedores sin Fronteras, la iniciativa que lideran Endeavor y la Universidad del Desarrollo para introducir innovación en la tarea productiva de cuatro caletas de pescadores arrasadas por el maremoto. Conozca estos casos y diga si no vale el esfuerzo.
Pocos días después del 27 de febrero, Eduardo Novoa -ex gerente general de Saesa, director de empresas y miembro del consejo asesor de Endeavor- pegó en la pared de su oficina varias fotos de la enorme destrucción ocasionada por el terremoto y el tsunami. Quería asegurarse de no olvidar ese impacto inicial que lo llevó a él y a otros miembros de la red Endeavor a buscar, casi imperiosamente, una forma de ayudar.
Las fotos y, sobre todo, el ímpetu de un grupo de emprendedores y directores de Endeavor dieron resultado. La semana pasada, junto al empresario Nic Barry -fundador de Gemelo y uno de los primeros emprendedores seleccionados por Endeavor- comprobaron in situ que después de la tragedia se puede “levantar la mirada y recuperar la confianza”, como ellos reconocen.
En la caleta de Tubul, de la provincia de Arauco, se reunieron con los buzos mariscadores agrupados en Los Cipreses, que perdieron sus herramientas de trabajo y a los cuales -gracias al aporte de la AFP Habitat- ayudaron con 24 embarcaciones de fibra de vidrio, motores y equipos de buceo de última generación. Y aunque se trató de un primer paso, sirvió de plan piloto para la iniciativa que ahora comienza Emprendedores sin Fronteras, un proyecto en el que participan instituciones como la misma Endeavor y la Universidad del Desarrollo, y que cuenta con el apoyo de Capital y Diario Financiero.
Como explica la representante de Endeavor en la VIII Región, Mariana Poblete, la idea es ayudar, pero no con una mirada asistencialista, sino entregando herramientas de gestión que permitan a pescadores y buzos alcanzar un estadio más competitivo que el existente antes del terremoto. En otras palabras, reconstrucción con innovación o, al revés, ponerle innovación a la reconstrucción.
Tras visitar 10 caletas, se definió a Tirúa, Tubul, Llico y Cerro Verde como ejes del trabajo. La elección no fue fácil, pero en ella primó lo que ha caracterizado el espíritu Endeavor: liderazgos más que empresas, personas que puedan convertirse en un motor para que otros se resuelvan a emprender. “Y ellos han logrado muchísimo y pueden ser ejemplos para que otros se atrevan a hacer lo mismo”, señala Nic Barry. Estas son algunas de sus historias.
Las raices de Llico
Héctor Jerez (37 años) no tardó más que unos segundos en tomar a su sobrino de cuatro meses y correr al cerro. Nacido y criado frente al mar, no necesitaba de una alerta para saber lo que vendría después del violento terremoto. La misma reacción salvó a toda su familia. A los 10 minutos estaban a salvo y desde la altura escucharon el desastre que produjo el tsunami. El agua no llegó hasta su casa, pero sí perdieron buena parte por el derrumbe de un cerro lateral.
El mar arrasó con todo: embarcaciones, viviendas, los choritos sembrados en marzo de 2009 y el restaurante del sindicato de pescadores que Jerez encabeza. “A los más jóvenes nos es más fácil salir adelante, porque uno puede dedicarse a cualquier otra cosa, pero a los mayores de 50 años se les ha hecho cuesta arriba empezar de cero”, comenta.
Héctor terminó la enseñanza básica y a los 14 años comenzó a bucear. Ya una vez tuvo que pasar por la cámara hiperbárica, por el mal de presión -”uno se marea y es como si millones de agujas se clavaran en los huesos”- pero algunos de sus compañeros, muchas más. Claro que ha tenido intervalos. A los 20 años trabajó en Santiago en una empresa de estructuras metálicas y hace dos años estuvo en Chiloé -en Dalcahue y Castro- empleado en una empresa que prestaba servicios a Multiexport. Ambas han sido experiencias que no lamenta, pero por nada cambia a esta caleta de 650 personas, su entorno y su gente. “Mis raíces están acá”, enfatiza.
Hace un año que no bucea y ahora trabaja en Pacfish, una planta procesadora de origen noruego. Gana unos 200 mil pesos, menos que el ingreso de un buzo mariscador. El proyecto de Emprendedores sin Fronteras lo tiene esperanzado. Como presidente del sindicato de buzos de Llico, que agrupa a 61 personas (eran 62, pero uno de ellos murió con el maremoto), espera recuperar el restaurante que permitía a cada miembro contar con 20 mil o 30 mil pesos extra cada mes y, lo más importante, seguir adelante con el cultivo de choritos, ostras y cholguas; pero no con la idea de vender a intermediarios, sino directamente a las plantas procesadoras.
Al alero del Tubul
Primero fue el pelillo del río, al que la caleta debe su nombre. Luego vino el buceo a pulmón, la pescá y los caracoles. Siempre, a merced de un recurso volátil. Pero hace nueve años un grupo de pescadores de Tubul comenzó a buscar una forma de asociarse para vender directamente a las empresas y elevar la rentabilidad de su negocio. No querían formar un sindicato ni una asociación gremial, por lo que crearon la sociedad anónima Los Cipreses.
Los inicios fueron complejos. La primera carga que quisieron vender a una empresa -a Geomar- no la pudieron desembarcar en Tubul, por la oposición del resto de los buzos. Tuvieron que entregar los mariscos en Llico. Hoy están tan orgullosos de sus logros como conscientes del potencial que aún queda por desarrollar. “Tenemos todavía una competencia desleal, que sigue vendiendo el marisco cochino”, explica el presidente de Los Cipreses, Eduardo Alarcón, en referencia a las mañas de algunos colegas para elevar el peso del producto.
No quieren volver atrás. No quieren para sus hijos la misma vida. “No quiero que sufran lo que yo sufrí. Vi a un hermano morir en el mar y hace como 18 años viví un naufragio. Me salvé sólo porque Dios es grande”, cuenta Raúl López. Otro caso: Oscar Rivas tiene dos hijos, uno de 17 y otro de 12 años, y al menos el mayor no quiere seguir sus pasos. Estudia en un liceo industrial
A sofisticar el negocio
El director ejecutivo de Endeavor, Alan Farcas, no disimula su entusiasmo al hablar de Emprendedores sin Fronteras. Ha conversado con varios de los líderes locales y confía en que, con la ayuda de esta iniciativa, los pobladores, pescadores y buzos de estas cuatro caletas podrán “ir un paso más allá de la recuperación del capital perdido”.
La idea es hacer un trabajo a un año plazo, pero que claramente puede extenderse porque lo que se busca es que estas experiencias se conviertan en ejemplos a seguir por sus pares.
Endeavor y la Universidad del Desarrollo no están solos en esta iniciativa. La Fundación Avina, Fundación Proyecto Propio y Acción Emprendedora aportaron su conocimiento de la zona, y fueron clave para contar con la información de las pérdidas, necesidades y potencial emprendedor de esta región. Todas continuarán en este consorcio aportando mentorías y capacitaciones y ayudando a la ejecución de los proyectos de la zona. A este grupo se sumaron Diario Financiero y Revista Capital.
En una primera etapa, cuenta Alan Farcas, Emprendedores sin Fronteras se dedicará a trabajar la confianza y a restablecer el tejido social para luego ir incorporando herramientas de gestión que permita a estos emprendedores sofisticar sus modelos de negocio. “Se trata de devolver la caña a quien ya sabe pescar, e ir un paso más allá de la recuperación del capital perdido, para que alcancen un estadio competitivo superior al que tenían antes del terremoto.
Sueño en conserva
“No me haga recordar mi época de pobreza”. Repentinamente, Miguel Ponce interrumpe el relato de su niñez. Ya ha contado que era el décimo de 13 hermanos, que a los 13 años se puso por primera vez zapatos, que su papá era pescador de los antiguos, que vivían en un galpón sin cielo raso, donde al medio había siempre un fogón a base de carbón muy tóxico, que antes de los 15 años empezó a militar en el Partido Socialista, que en el verano vendía pan y tortillas en la playa, que no siguió la enseñanza media porque le dio vergüenza llegar a la escuela Vipla (de Vidrios Planos Lirquén) y ver que los otros niños andaban bien vestidos.
Miguel prefiere contar lo que es hoy: presidente del sindicato El Faro de la caleta de Cerro Verde (en la bahía de Penco), con tres de sus cuatro hijos en la universidad: uno estudia Arquitectura; otro, Ingeniería Comercial y su hija se recibió de bióloga marina. Y que su meta ahora es exportar conservas de mariscos.
Un objetivo que a lo mejor los buzos de Cerro Verde habrían alcanzado si el maremoto no hubiese arrasado con los implementos que ahora esperan recuperar con el apoyo de Emprendedores sin Fronteras.
La caleta fue seleccionada, precisamente, por los liderazgos y asociatividad que en ella conviven. A principios de los 80, los buzos mariscadores formaron una asociación gremial con la idea de comprar una cámara hiperbárica. “En ese tiempo trabajábamos la cholga a mucha profundidad y para salir y evitar el mal de presión había que demorarse una hora y media”. A principios de los 90, constituidos como sindicato, se hicieron cargo de un área de manejo de 57 hectáreas y, junto con la llegada del nuevo milenio, se propusieron instalar una planta conservera para exportar. “Tenemos el área de manejo y el producto. Entonces, no hay por qué vender en la playa si podemos nosotros darle valor a nuestra producción”
Formalizados.
Si hay alguien que conoce la VIII Región es Ramón Donoso. Socio de Geomar, lleva más de 15 años trabajando con buzos de distintas caletas del Golfo de Arauco y viendo avances, como en el caso de los buzos de Tubul, que se atrevieron a vender directamente mariscos “limpios”, formalizaron su actividad y hoy incluso están familiarizados con las transacciones electrónicas.
Pero aún les queda un largo camino por recorrer, acota Donoso; y aunque dramático, el terremoto aceleró este proceso. “Me atrevo a decir que en la región la ayuda más importante por lejos la ha dado Endeavor. Estamos dándoles y enseñándoles a manejar un Mercedes Benz”. Y para mostrar que no hay una pizca de exageración en sus palabras, agrega: “antes, los buzos tenían un cilindro, como los de gas al que le enchufaban una manguera y se sumergían. Ahora les entregamos no sólo una embarcación de fibra de vidrio con motor, sino un estanque de acero inoxidable, un manómetro con válvula, certificado, tal como cuando uno tiene un auto y tiene que tener patente, certificación de gases y registro al día”. Agrega que si antes, para llegar al banco de mariscos en el que se sumergirían usaban el ojímetro, desde ahora tendrán GPS.
Todo esto les permitirá participar del mercado exportador, porque son requisitos que la Unión Europea exige a las plantas.

