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En la mente de Casares

Entrevista y perfil de quien es considerado el genio latinoamericano de las empresas puntocom. (Revista Qué Pasa, 5 febrero 2010).

Por Alberto Fuguet.

Wenceslao Casares en Revista Qué PasaLa compensación de un éxito muy temprano es la convicción de que la vida es un asunto romántico. Uno sigue siendo joven en el mejor de los sentidos. (F. Scott Fitzgerald) Los ricos, dicen, son distintos. Eso lo dijo Scott Fitzgerald a Ernest Hemingway. Lo dijo con algún grado de solemnidad, de envidia y de fascinación. Los ricos son distintos. Hemingway, famoso por bajar todo a tierra y ojalá acotarlo con un punto seguido, le respondió que sí, que eran distintos porque tenían más plata. Al final, quizás el más rico de los dos terminó siendo Hemingway, con casas por todas partes y un estilo de vida que lo llevó a los cinco continentes en busca de safaris, peces espadas y de sí mismo. Wenceslao Casares (35) tiene algo de un personaje de Hemingway, en el sentido de que se siente un tipo cualquiera y se relaciona mejor con los que hacen que con los que sueñan; y tiene algo de los personajes de Fitzgerald que se han reinventado y, quizás por el dinero o el glamour asociado a ello, terminan siendo observados y, sobre todo, mitificados por el resto.

Cuando me junté con Casares, él venía de navegar todo el día en el yate que arrendó a Nicolás Ibáñez, con VTR como sponsor. Venía con un grupo de amigos, todos hombres, de toda la vida, que habían llegado de todas partes del mundo para unirse ala Regata Bicentenario Chiloé 2010 (algo que le habría fascinado a Hemingway). Estaba rodeado por la elite más elite del país, a días del triunfo de Piñera y lo que se percibía en el ambiente del Club de Yates Reloncaví era ese tipo de sencillez que cuesta mucho dinero y que claramente no es adquirido, sino que es parte de una tradición. Esto, claro, le hubiera encantado a Fitzgerald. Casares tiene algo de Gatsby, pero digital. En vez de hacer fiestas para los chicos de moda, organiza almuerzos en Las Majadas de Pirque, su casa, para que las mentes más emprendedoras de la región se conozcan y hagan click. Casares ha recorrido el mundo en yate con su familia, pero, quizás por eso, a veces va a cenar a los aeropuertos de las ciudades grandes donde está de paso, “para sentirse en casa”. Dice que le gustaría quizás fundar una universidad o hacer algo ligado a la educación porque tiene claro, que ésa es la verdadera brecha que existe en el mundo. Cuando le dije al final que él podría ser un excelente profesor, Casares calló, se sintió tocado, emocionado, y me dio las gracias.

-Che, es un honor que alguien piense eso de mí.

Optamos por no hablar de dinero ni de negocios. Algunos me advirtieron que me quedaría sin tema, que los ricos no saben hablar de otra cosa. La idea era ver cómo funciona la mente que logra hacer el tipo de negocios que fascina a los demás.

Cosas que no hablé con Casares a orillas del Seno de Reloncaví el día antes que partiera la regata: no hablamos de Patagon.com (empresa que le dio el título de emprendedor estrella y que vendió, hace una década, en más de US$ 500 millones) ni de Lemon Bank, casi no hablamos o entramos en detalles de la venta de Wanako Games a Vivendi o de Bling Nation, su nueva obsesión, que busca potenciar los celulares como medio de pago electrónico. No hablamos de cifras o de dinero, pero claro, es difícil esquivar del todo el tema cuando el aire del lugar está empapado de ello.

> ¿Tú usas mucha tecnología?

No sé si tanto.

> ¿Cómo que no sabes?

Y, no sé, no creo.

> ¿Juegas videogames?

No. Soy muy malo. Pero no tengo nada moral con ellos. He invertido en ellos: Wanako Games. Pero no es lo mío, no.

> ¿Tienes Facebook?

> ¿Twitter?

Sí, pero mirá, no tengo televisión. No tengo tele en la casa.

> ¿Lees mucho?

Me encanta ir a librerías y pasar mucho tiempo chusmeando. Cuando me fui a dar la vuelta al mundo vendí mi casa y todas las cosas que tenía, menos mis libros. Mi biblioteca es mi bien más preciado. Después de comprarme los libros físicos, generalmente los leo en el Kindle, porque me queda más cómodo para viajar. Me mando al Kindle no sólo el libro que estoy leyendo, sino todo lo que mis amigos me mandan; es más práctico llevarlo todo ahí.

> ¿Lees diarios?

No. A veces los hojeo, en internet, algunos. No es un rito. Lo que más hago es leer los links que me envían.

> ¿Quién te envía esos links?

Y… gente, amigos, amigos de amigos, conocidos, gente que uno conoció o conversó, qué se yo. Pero si tú me envías un link, yo lo abro. Confío en esos links, deduzco que son importantes, que valen la pena. Confió tanto en mis amigos como en los extraños. Cuando no leés diarios y no ves televisión, es increíble la cantidad de tiempo que tenés para leer lo que te mandan. Por algo te lo mandan, ¿captás? Ese envío tiene un valor extra. Vale mucho más la pena gastar el tiempo en aquello que te enviaron que estar por ahí a la caza, navegando por navegar. No gastás tiempo sino que tenés un tiempo nuevo. Si yo leyera a full todos los diarios financieros, todas las páginas financieras, me paralizaría.

> Me perdí. ¿Por qué? Por eso que llaman análisis de parálisis.

Por ahí. Pero al revés: parálisis del análisis. Y tiene algo de cierto eso, sí. No podría tomar decisiones tan de adentro si tuviera tanta información que me asustara. Me pondría cauteloso. Y eso, en mi rubro, es peligroso. Estaría todos los días enfrentando a mi intuición con los números, las tendencias, las alzas y me estaría diciendo: “Sos un boludo, calma, calma; mejor no, hoy no, esperemos”… Y así no te tirás a la pileta. No te podés lanzar al agua con ansiedad, aterrado.

> El no saber tanto, digamos, te permite ser más fiel a lo que piensas.

Para dedicarse a esto, tenés que ser un poco inconsciente, aventurero, no medir las consecuencias. El no estar del todo informado te permite no estar mal informado. También tengo alertas en Google de ciertas cosas que me interesan.

> ¿Qué te interesa?

Cosas. Van cambiando.

> Me puedes decir una. ¿Qué cosas?

Bueno, ahora que estoy en esto de Bling Nation, cosas ligadas a telefonía móvil, qué se yo. Y pavadas que no tienen nada que ver pero que, quizás, a la vuelta, por ahí te sirve, pero no ando buscando negocios en cada momento, no ando olfateando el camino de la oportunidad. Al menos, no creo que sea así. Es saludable separar las cosas. No en todo hay un duty detrás.

> O sea, ¿tiene algunos beneficios no estar siempre conectado?

Tener más quietud, ¿viste? Menos ruido. Pensá: yo soy de la Patagonia. No me da miedo el silencio. Se pierde demasiado tiempo en enterarse de cosas que uno no necesita enterarse. ¿Me explico? El mail es quizás uno de los grandes males que ha surgido de toda esta revolución y yo mismo no sé cómo controlarlo. Lo otro fatal es el zapping. Hace mal, creo. Aunque no veas nada, al final ves. Te queda. Se te cuela en el cerebro.

Cuenta Casares: “La semana pasada, en Silicon Valley, fui a una charla de una empresa que hace lo siguiente: vos te suscribís gratis y los tipos twittean cada vez que alguien que está suscrito usa su tarjeta de crédito. A mí me parece lo más contraintuitivo del mundo. Yo no lo haría”.

> ¿No?

No, pero me llamó la atención que gente quisiera hacerlo, eso sí. Y esa empresa se está beneficiando de un deseo generacional o de un cierto tipo de gente, más bien joven, que desea estar al tanto de quién gastó, cuánto y dónde están usando tal o cual tarjeta de crédito. Raro, pero no por eso inentendible. Me parece fascinante saber cómo funciona una cabeza que desea esa información.

> Quizás mejor ni saber.

Yo creo que es mejor saber. ¿Es exhibicionismo, es arribismo, es querer seguir los pasos de un amigo, de una enamorada, de un ex, de un enemigo? Yo no lo haría jamás. Ni leer los pasos de alguien ni menos exponerme así. Pero hay gente a la que sí le atrae. Ahí no sólo hay una oportunidad de negocio, sino una de las tantas puntas de icebergs digitales que te cuentan qué está sucediendo de verdad con la gente. Porque, miró, al final, los que nos dedicamos a la tecnología podemos ser geeks o nerds o lo que sea, pero somos tipos, sociables o no, que nos interesa saber cómo se comporta la gente y cómo esa gente se topa con una tecnología que le permite hacer lo que antes sólo deseaba.

> Como conectarse con gente de su pasado, seguir los pasos de otros, leer diarios de vida privados, etcétera.

Yo ya sé más o menos lo que necesito y lo que quiero, pero si me fijo en mí no más, tendría que, no sé, dedicarme a otra cosa, porque no voy tan a la vanguardia en tecnologías sociales. Lo que tengo que preguntarme es: qué distinta es la gente joven que ya está haciendo esto. Cuán distinto piensan. Entonces, en vez de discutir con otros por qué esto está bien o mal o tratar de hablar con esos mismos jóvenes para disuadirlos o tratar que me expliquen sus razones, mi primer reflejo es otro.

> ¿Es…?

Decirme que el que está mal soy yo porque no puede ser que no entienda. Yo, para sobrevivir en esto, necesito saber cómo piensan los demás. Punto. Necesito entender lo que pasa. Y ojalá comprender o mejor aún, adelantarme en saber, qué va a pasar o podría pasar porque todo lo que viene surge de lo que está sucediendo ahora.

> ¿Y qué está sucediendo?

No lo sé. Ojalá lo supiera. Ojalá entendiera, pero…

> Pero… ¿algo entiendes hacia dónde va la cosa? O, mejor, quiero saber cómo te informas. Cómo…

Mirá: a ver… ¿te puedo contar una historia?

> Sí, claro. Dale.

El 94 estaba en Buenos Aires con mi hermana tomando el tren para ir a la universidad. Íbamos charlando acerca de mi abuelo, que se había muerto hace poco. Decíamos que él había tenido mucha suerte porque le tocó vivir un momento increíble e irrepetible. A mi abuelo le tocó ir a la Patagonia cuando no había nada, cuando todo estaba por hacerse, por descubrirse. Le dieron tierras fiscales para que las colonizara y tenía que andar con revólver. Qué fenómeno, decíamos; qué divertido. Y, a la vez, charlábamos, qué aburrido que a nosotros nos tocó “esto”, una época en que ya todo estaba descubierto. Y me acuerdo perfectamente de ese tren rumbo a Constitución y de esa conversación y de la sensación de que a mi abuelo le tocó una época alucinante y a nosotros una de mierda. Por esas cosas que tiene la vida, por esas oportunidades que a veces te ofrece y que algunos tienen los cojones de tomarlas, nos encontramos de cara con internet y eso me llevó a ser el primer proveedor de internet en Argentina y eso a otra cosa y a la larga, adonde estoy ahora. Te digo: me parece que mi época es infinitamente más interesante y desafiante que tener que colonizar la Patagonia. Me siento mucho más afortunado que mi abuelo de estar viendo todos los inventos que salen a diario. De alguna manera vivo el Far West, la idea que todo está por hacerse, todo es posible, pero además, con la fortuna de no tener que andar con pistola.

> Eres un optimista.

Optimista y afortunado. Me ha tocado una gran época. Todo puede pasar. Yo ni en pedo cambio esta época que me toca vivir.

> Bien, pero se te fue contarme cómo te informas.

Trato de buscar ángulos que me permiten ver lo que está pasando antes de que pase. Y no necesariamente como oportunidad de negocios, para ganar plata. Para serte franco, hago todo esto porque es lo que más me divierte, es lo que me apasiona. Es eso lo que te da ganas de hacer cosas, si no, che, de dónde puta sacas la energía para hacerlas. La codicia no te da energía, capaz que por ahí te la quita. Lo que funciona o me ha funcionado es la curiosidad y las ganas y eso ha permitido que además, como extra, se genere algo.

> ¿A qué te dedicas? ¿Tienes una tarjeta de visita? ¿Qué dice?

¿Cómo?

> ¿Qué haces?

¿Que qué hago?

> Sí. ¿Cómo te paras frente al mundo, no sé? ¿Qué colocas en la tarjeta de inmigración?

Yo soy estudiante. Eso coloco en inmigración.

> ¿Me estás jodiendo?

A veces, sí. No joderte. Digo: a veces coloco estudiante.

> No entiendo. O sea, no lo eres. No en el sentido real. No estás en la universidad o terminando un postgrado. ¿Por qué colocas estudiante? Raro…

Me parece que es inofensivo, es cute, es… es como me veo o me gustaría verme. De verdad, así es como me veo.

> Ok, pero más allá de cómo te ves, ¿a qué te dedicas? Si te “googleo”, no apareces bajo estudiante. Aparece millonario, dot.com, entrepreneur… Insisto: ¿a qué te dedicas?

Yo me considero un empresario de tecnología. Eso. Prefiero estudiante, pero…

> ¿Pero…?

Pero sí, no hay un rótulo exacto para cómo me veo. Por eso te digo que lo más parecido es, supongo, empresario de tecnología, pero me parece que es menos de lo que soy o quizás no todo… Como me gustan muchas cosas, siento que con ninguna me identifico del todo, ¿entendés? Emprendedor de tecnología, por ahí va, pero es complicado porque creo que no me define del todo, ¿viste? Además, tampoco lo tengo tan claro. A mí me encanta lo que hago, pero no sé exactamente lo que hago, aunque creo que lo hago bien…Mirá: si me preguntás cuál es el rótulo, diría hacedor. Eso. Me gustaría pensar que soy un hacedor.

> Un hacedor…

Sí, es menos glamoroso que emprendedor, pero eso soy. Emprendedor está ligado a tecnología, a fronteras, a viajes, a algo que es rentable y a mí me gusta hacer cosas que resultan. Por ahí no soy tan bueno explicándolas, pero soy bastante bueno haciendo que las cosas se hagan. Me gusta que las cosas cuajen. Hay tipos muy soñadores que sólo sueñan; yo quizás sueñe menos, pero logro lo que quiero. No sé, he conocido mucha gente que desea y sueña y planea darla vuelta al mundo en un velero. Yo me subo a un velero y doy la vuelta al mundo y ya está. Lo mismo me pasa con las empresas. Más que conversar de esto o lo otro, yo digo: veamos. Probemos. Que los videojuegos, que el talento latinoamericano… ya basta de hablar, démosle. Hagámosla.

> ¿Y si te va mal?

Ya me ha ido mal y no me he muerto.

Dice Casares: “En los viajes me gusta ir a los cybercafés. Sobre todo, en los países emergentes porque, de alguna manera, los cybercafés son un invento del tercer mundo. Un cybercafé es más que un cybercafé: son muchas cosas. Desde una sede social a un lugar de ligue, con algo de universidad, donde la gente juega, chatea, hace tareas, de todo. Te rompe la cabeza ver cómo usan internet de otros modos. Cómo le sacan provecho. Para ellos, es más que un computador, viste, es literalmente una conexión con el mundo y eso a mí, te digo, me emociona y me estimula y me alucina. A lugar que llego, yo trato de irme a un barrio más de clase media baja, a ver qué está pasando en los cybercafés de esos sitios. Tengo una fascinación con Puente Alto.

> ¿Con Palo Alto? Ahí es donde vives en Estados Unidos, ¿cierto? ¿En SiliconValley?

No, con Puente Alto. Acá en Chile. Está al lado de donde tengo una casa, que estoy arreglando, en Pirque. Está al lado.

> Sé donde está Puente Alto.

Cuando estoy acá, voy a menudo a Puente Alto, pero no sólo a comprar al supermercado, sino a captar la vibra. En rigor, descubrí Puente Alto porque me quedaba cerca y ahí estaba el metro y tomaba el metro ahí, en la plaza. Y poco a poco fui entendiendo lo que era Puente Alto y me fascinó. Me parece que es un microcosmos de lo mejor que le puede pasar a América Latina. Es muy vibrante, está todo pasando ahí.

> A ver: véndeme Puente Alto.

No sé. Lo captas en el aire. Tiene una energía que no se encuentra en cualquier lugar. Es alucinante. Y no tiene nada que ver con los malls nuevos. Tiene que ver con… con el olor de la gente que circula por ahí.

> Eh… ¿A qué huelen…? ¿a Teen Spirit?

En parte: huele a adolescente, a algo nuevo, a algo que está partiendo. Puente Alto está compuesto por familias que sólo recientemente son clase media. Algunos aún no saben que lo son. Una familia de clase media nueva es muy distinta a una familia de clase media de toda la vida. Estas familias confían en el futuro, casi lo pueden agarrar, pero aún tienen muy fresco en la memoria cuando estaban peor, cuando les faltaban cosas claves. Tienen algo que ojalá se pudiera embotellar: un optimismo en que estos cinco o diez años van a ser mejor que los últimos diez años. Tienen una confianza ciega en que la vida de sus hijos va a ser mucho mejor que la de ellos. Además, tampoco se han topado aún con algún gran fracaso o decepción. Son familias donde el padre fue parecido al abuelo, pero el hijo no y quién sabe qué va a ser del nieto. Tienen claro o al menos confían, que sus hijos van a ser de otra clase, tendrán auto, van a estar conectados y van a ser parte del país y del mundo. Eso es alucinante y esa pujanza la respirás en el aire y te contagia. Eso no lo ves en cualquier país o en cualquier parte.

> ¿No todos los países tienen Puente Alto?

Tal cual. Y esa es una de las razones, de por qué me atrae tanto Chile y una de las razones por las que vivo cerca de Puente Alto. Esa brisa, esa energía te llega y te contagia. Te hace recordar que las cosas sí pueden cambiar y que uno puede ayudar a que esas cosas cambien.

Esa es una energía mil veces más potente que el Red Bull. Te prende, te gatilla. Y te ayuda a ver para donde van los tiros. Puta, ahí está todo.

> Da la impresión que te identificas con ellos.

Sí, claro.

> Pero cómo. Tienes un castillo. Literalmente. Se habla de ti como el millonario dot.com. Clase media emergente o nueva no eres. No creo.

No creas. Soy nuevo. Esto antes no lo tenía. Además, te cuento algo: yo no me siento exactamente como los chicos de estos mismos barcos de la regata. Sus padres no son como mis padres. O si vamos a un restorán todo fashion en Santiago y nos juntamos con algunos chicos de La Dehesa o Las Condes, chicos a los que les va bien, pero que no tienen castillos, sino tipos normales, que han vivido ahí toda su vida, que han ido a uno de los cuatro colegios, como les dicen, chicos macanudos, yo creo que no voy a saber del todo de qué hablarles.

> ¿En serio?

Mejor dicho: si nos juntamos con un grupo de chicos de clase media de Puente Alto, no me cabe duda que me voy a poder relacionar perfectamente con ellos. Y quizás la razón es que estos tipos nuevos, por así llamarlos, del Nuevo Chile, son quizás mucho más internacionales, están mucho más al día, vamos a tener mucho más en común, que con algún chico que ha sido rico o que nunca ha tenido miedo de dejar de ser como es. ¿Me explico? Ese chico va a terminar sintiéndose incómodo, ajeno, no va a entender los chistes, las referencias, va a terminar quedándose afuera.

> ¿El chico de Puente Alto?

No, el chico de uno de los cuatro colegios. No va a entender a los de Puente Alto como los voy a entender yo. Esa es, creo, la gran diferencia que tengo con ellos y que me hace más libre y quizás más global. El mundo del futuro se parece bastante más a Puente Alto que a los tradicionales barrios protegidos y aislados. ¿Me entendés?