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Los pioneros del Mapocho Valley

Needish.com es uno de casos los nacionales más exitosos.  (Diario El Mercurio, 9 de enero de 2010). En varias oficinas desperdigadas por la capital hay mentes trabajando en códigos, en letras y números que son la arquitectura digital de un software y que la mayoría de los mortales consideramos parte intraducible de la red. Son los que van detrás de los botones, los que no sólo crean blogs, diseñan páginas web o generan nuevos medios: son pocos, y están haciendo tecnología made in Chile para el mundo.

Por ejemplo está Tomás Pollak (27) en su departamento-oficina en Manuel Montt. Abre la puerta con una polera de Google puesta, y hace pasar al espacioso living-comedor. Cielos altos, madera en el suelo, una pequeña terraza. El lugar lo encontró por internet. De hecho, lo encontró por Tugar.net, un sitio web de propiedades que él mismo creó cuando estaba buscando casa. Tomás es también el autor de Bootic, un software que permite crear tiendas en línea, e Initt, una página de inicio que concentra varios de los sitios que usualmente uno abre por separado en el computador. Todos estos productos están agrupados bajo el paraguas de su compañía, Fork. Hoy además está colaborando con Google para entrar con sus tecnologías a Chile.

El último invento de Pollak, periodista de profesión, ha tenido repercusión en la prensa mundial: Prey, una aplicación que permite rastrear computadores robados, y que está lanzando su versión para celulares, diseñada por el socio de Fork, Carlos Yaconi. El programa lo inventó un domingo, aburrido, después de que les robaron el notebook a él y luego a su hermano.

A unas pocas cuadras de ahí, en una oficina compartida, trabaja Felipe Baytelman (28), de Baytex. Cuando tenía ocho años le regalaron un Atari, comenzó a programar computadores a los diez, a los 16 quería hacer una fiesta y no encontraba buenos programas webs de djs para mezclar música, así que inventó el suyo, Baytex Party. Hizo una segunda versión y la comenzó a vender a 20 dólares. Vivía en la casa de sus padres y veía cómo, a punta de clicks, ganaba hasta 3.500 dólares mensuales gracias a la versión 4.0 de ese software.

Después de haber estudiado ingeniería civil en computación, y de hacer un intercambio laboral en Japón, se metió en el tema de la tecnología para educación y hoy está trabajando, junto a su socio Xavier Texidó, en un software educacional que mezcla contenidos curriculares con interactividad. Espera lanzarlo en marzo. Entremedio, fue el primer chileno en crear aplicaciones para el Iphone; hoy está a punto de lanzar otra, girlsanddrinks.com, enfocada al entretenimiento adulto.

El paseo tecnológico puede seguir si se baja hasta la Plaza Brasil y se entra a un muy ondero edificio de lofts. En el segundo piso está la oficina donde trabajan los ocho integrantes de Metrik. La empresa nació en 2005, con los ingenieros Manuel Pino, Juan José Lizama, Miguel Ángel Cornejo y Rodrigo Orrego, amigos que se conocieron en la Escuela de Ingeniería de la U. de Chile. La idea nació en un asado, mirando una edición de la revista Harvard Business Review que hablaba de que la gestión de conocimientos y conversaciones de equipo generaba millones de dólares en Estados Unidos. Los amigos consideraron que había muchos gurús de las comunicaciones dando seminarios, pero pocos haciendo soluciones prácticas. Soluciones en tecnología.

Partieron creando una especie de intranet para empresas, para luego hacer una plataforma que cerca de 50 empresas están usando en el país: Suipit. Usando la tecnología de web semántica, es decir, que el computador no sólo lee y une palabras claves, sino que descifra y agrupa su contenido, Suipit hace que los empleados de las empresas dialoguen, se pongan tareas, pauteen reuniones y, básicamente, ordenen y sistematicen todo lo que se queda en el aire en la reunión de la mañana, el café de las doce y en el intercambio de mails con el colega.

La ruta de softwares nacionales puede continuar si se vuelve al oriente de Santiago, hasta la oficina en la calle Encomenderos de Blue Company, propiedad de Paolo Colonnello (36) y Álvaro Portugal (36), donde nació Bligoo.com, una comunidad de blogs que acaba de ser relanzada en España, México, Colombia o Argentina, y que proviene de Chile.

En 2006 comenzaron a trabajar con proyectos de web 2.0, y armaron comunidades virtuales para distintos clientes. El problema de los usuarios era que si tenían un blog, qué hacían para que la gente lo viera. Así nació Bligoo, con 200 comunidades que se cruzan por afinidad, usando un software que identifica la repetición de palabras, básicamente usando el sistema estilo Amazon de “Si a usted le gusta X, le gustará también Y”.Daniel Undurraga Hoy tienen más de 20 mil comunidades, en las cuales están inscritas 220 mil personas, y generan ingresos por publicidad y por servicios extras a los clientes. El 50 por ciento de sus visitas mensuales viene de Chile, el diez por ciento de España, el 15 por ciento de México.

Todos estos pequeños emprendedores se conocen porque son muy pocos, saben de los proyectos del otro, y todos citan un caso como el de mayor éxito: Needish.com, de Daniel Undurraga (28) y su socio sueco Oskar Hjertonsson, creado en 2007. Es un sitio en donde no se ofrecen servicios, se buscan; uno publica qué es lo que necesita para que lo contacten servicios locales como “Necesito arrendar casa en Ñuñoa” a “Necesito llevar a 15 personas a Rancagua el sábado”. Sus oficinas están en Chile, pero sólo las de los ingenieros que trabajan el software de búsqueda; sus socios han estado yendo y viniendo de Silicon Valley en el último año.

Needish usó a Chile como mercado de prueba, y acá levantó 500 mil dólares de inversionistas, incluido el empresario web argentino Wenceslao Casares. Aunque Daniel Undurraga todavía no sabe si Needish será exitoso en Estados Unidos, porque el mercado es muy distinto, espera el próximo año tener un crecimiento parecido al de éste: de mil por ciento.

La palabra clave

Los empresarios de software chilenos tienen ganas de armar una industria como se debe. Algunos de ellos, cuenta Felipe Baytelman, ya se están agrupando para crear la página web de este “Mapocho Valley”, en honor a Silicon Valley de California, en donde estarán varias empresas distintas, cada una con su logo. La idea es “armar más onda”, dice.

Muchos de estos emprendedores habían trabajado antes diseñando páginas web, creando contenido y hasta aparatos de hardware, pero se dieron cuenta de que los productos deben ser “escalables”, reproducibles al infinito sin aumentar el costo de producción, porque el mercado de internet no es Chile, es el mundo. “Eso para mí fue un switch importante”, dice Tomás Pollak, sentado en el sillón de su living-oficina, justo antes de que lo llame al celular un ejecutivo de Google de Estados Unidos. “Me di cuenta de que Tugar no es bacán porque sea un sitio para buscar propiedades, sino por la tecnología que tiene detrás. Además, con estos softwares vendo una copia o mil copias y para mí es lo mismo”.

Paolo Colonnello, sentado en la sala de reuniones de Bligoo, al frente de una pizarra llena de planes y fechas y reuniones, cuenta que pasó por un proceso similar, ya que Blue Company es su tercera empresa web: “Aunque los éxitos de Facebook o Twitter son anomalías, la idea es cómo generar algo que pasa de cero a cien en dos segundos. Una empresa de proyectos de tecnología no es escalable, porque tienes que ir donde cada cliente, tienes que vender, tener reuniones. En cambio Facebook, por ejemplo, es usado por uno de cuatro chilenos acá, siendo que no tiene oficinas locales”.

Las complicaciones y los retos para armar una industria tecnológica en el país nacen de otras partes del proceso. Pueden ser del tipo técnico, como que no existen sistemas para cobrar suscripciones mensuales en línea en Chile, o de políticas públicas: varios de estos proyectos postularon a fondos y no los obtuvieron; en el caso de Needish, les fue otorgado sólo después de conseguir medio millón de dólares de privados. “Ves Prochile, y vende salmones, minas, pero no vende ni un software ni nada de ese tipo”, dice Manuel Pino, llamando la atención de que el tema de la tecnología no está en la agenda nacional.

Además, está la falta de especialistas. “Se necesita más gente de alto nivel, que hable inglés y tenga habilidades sociales. Hemos contratado a gente súper inteligente, pero sin habilidades más blandas, que son las que deben tener los ingenieros en tecnología”, explican en el tercer piso de la oficina de Metrik. Algo parecido le pasó a Felipe Baytelman al tratar de dedicarse a sus primeros softwares de sonido: era tan específico, que no encontró a nadie a quien delegarle el trabajo para poder seguir creciendo. Por eso lo dejó.

“La industria nace de conversaciones de gente”, explica Paolo Colonnello, de Bligoo. Habla de la importancia de instancias como el gran asado en Pirque que hace Wenceslao Casares, el empresario argentino, a donde invita a profesionales de la tecnología. “Es súper relevante, porque ahí la gente conversa, se conoce, descubre. Yo me contacté con diez tipos de Argentina, de México. El día siguiente estaba hablando con ellos por Skype”.

Daniel Undurraga, de Needish, cuenta por teléfono durante un fugaz paso por Santiago entre sus visitas a Silicon Valley, que piensa armar un nuevo proyecto para resolver este tipo de problemas, basado en sus experiencias en Estados Unidos. Ahí trabajaba en una misma oficina junto a varias empresas, donde todos comparten su expertise. Aunque en los próximos años estará concentrado en Needish, quiere crear una incubadora de proyectos que parta ayudando al emprendedor desde lo básico, como buscar una oficina barata, hasta generar las redes necesarias entre empresas.

Undurraga se queja que cuando visitó algunas acá antes de partir con Needish, se encontró a muchos expertos teóricos, pocos con real experiencia en el mundo específico de la tecnología. Varios le dijeron que su idea no iba a funcionar y algunos le ofrecían reformular su Business plan por un diez por ciento de la propiedad. “En Estados Unidos te dicen que si alguien te pide un Business plan, hay que arrancar. Es un consenso, porque las empresas tecnológicas, sobre todo las que apuntan a consumidores, generalmente son muy evolutivas. Todos terminan haciendo algo diferente de lo que partieron”.

Además de gente capacitada, intercambio de conocimiento y las otras dificultades técnicas, los pioneros del Mapocho Valley, concuerdan además que hace falta un gran cambio cultural: creerse más el cuento. Manuel Pino, de Metrik, lo resume así: “El jardín del vecino no es más bonito que el nuestro. En Silicon Valley son muchos más, pero no son más inteligentes”.