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Wenceslao Casares: Los sueños (y lecciones) del pibe

Wenceslao CasaresSe hizo famoso en el mundo cuando fundó Patagon y la vendió en millones.También porque fue un emblema de la era punto.com y supo reinventarse.

(Revista El Sábado, Diario El Mercurio. 14 noviembre 2009) “Vivir aquí es el sueño del pibe, es como la Disneylandia de los grandes”, dice al otro lado del teléfono desde Palo Alto, California. Él todavía es un pibe (de 35 años) y todavía tiene sueños, aunque ya cumplió el más grande: dar la vuelta al mundo en velero, un sueño que acariciaba desde chico, cuando vivía en el sur-sur del mundo y tenía que viajar a diario 80 kilómetros para llegar al colegio.

Hoy camina unos pasos y está cerca de la sede de las oficinas de Google, cerca de la gente más creativa del mundo, de la “inteligencia” tecnológica”. Por eso no se quedó a vivir en Chile, pese a que compró “Las majadas” de Pirque -donde hoy se graba Conde Vrolok- y se especuló que se instalaría en Santiago.

Desde Silicon Valley, Wenceslao Casares está trabajando en su nuevo proyecto, Bling Nation, una plataforma de pagos móviles para el mercado norteamericano que ya está funcionando y que, en simple, parte de un dispositivo que se pone en el celular para pagar en vez de con tarjeta de crédito o débito. Dice que es lo más ambicioso que ha hecho. Está operando a full con dos bancos y en fase de negociación con 5 más. La idea es trabajar con bancos medianos y pequeños. A esto se suman otras inversiones, como Lemon Bank, un banco en Brasil hoy dedicado al sector de “Mid cap” (o empresas de mediano tamaño), que anteriormente desarrolló una red de 6.500 puntos de atención para segmentos de bajos ingresos, vendida al Banco do Brasil, una compañía financiera en Uruguay, proyectos en el sector energético en Argentina y Venezuela, empresas de tecnología en Chile y otras inversiones que maneja desde Meck, su holding, con base en Santiago donde trabaja con el abogado chileno Diego Valenzuela, con quien trabaja desde los tiempos de Patagon.com.

Fue desde esa época, en 2000, que a “Wence” el mundo le sigue los pasos. O más bien desde que le vendiera esa empresa -un sitio de finanzas personales y de compra de acciones online- al banco Santander en 528 millones de dólares, una espectacular operación que lo convirtió en un ícono de la época. Tenía sólo 26 años y era un ídolo. Pero se reventó la burbuja, la empresa se desvalorizó y tras dos años de intentos por reflotarla el BSCH le revendió a Casares los activos de Patagon en América latina en 9, 8 millones de dólares y le pagó 11 millones por su participación en la matriz del grupo Patagon en España. Vino un tiempo de reestructuraciones, ventas, una época difícil que lo hizo replantearse cosas para terminar dándose cuenta que lo suyo seguía siendo esto, crear, hacer negocios, inventar, innovar combinando tecnología y finanzas.

Casares creció  en la Patagonia argentina, 300 kilómetros al sur de Esquel, en una casa en medio de la nada. Su padre manejaba un campo ovejero en la zona, “Los guanacos”. Junto a sus tres hermanos iba al colegio del poblado más cercano, a 80 kilómetros. Su papá era un tipo creativo, una especie de Giro Sintornillos, que inventaba artefactos, armó un computador y era radioaficionado.

-¿Cómo lo marcó vivir en la Patagonia?

-Me siento muy orgulloso de haber crecido en el campo e intuyo que tuvo un impacto grande en mí, pero no sé exactamente cuál. Cuando me preguntan de dónde soy, digo “de la Patagonia”, en parte porque no me gusta que si digo de la Argentina crean que soy de Buenos Aires, y estoy muy orgulloso de haber crecido donde crecí.

Su padre marcó su creatividad. “Como era un lugar tan aislado, él se hizo radioaficionado. Ahí no había electricidad, teléfono, no llega nada. Y empezó haciéndose sus propias radios y eso fue lo que lo llevó a la electrónica y después a las computadoras. Hoy no les diría computadoras, porque eran muy simples las cosas que se podían fabricar. Pero fue algo que me estimuló muy temprano. Hizo que la tecnología me parezca algo cercano, divertido, más como un juego que como un tema de ciencia o de trabajo”.

Si la imaginación vino del padre, su cabeza empresarial en parte es de su madre. “Ella siempre estaba haciendo negocios. En el campo tomaba lana, hacía suéteres y los vendía. En una época compraba ropa usada en Buenos Aires y la vendía. Mi mamá me enseñó que era divertido ganar plata. No sé si ahí se forma mi espíritu empresarial, es una especulación. Pero si no fuera por eso, no sé qué hubiera pasado, porque tengo un montón de amigos para quienes ganar plata tan explícitamente es casi como pecado”.

En esos años, Casares se pasaba el día en la computadora de su padre. “A ver si hacés algo útil con esto”, le dijo él. Lo primero que hizo fueron guías telefónicas. La que había era estatal, gorda, y con direcciones obsoletas. Armó una para Esquel y fue un éxito. La vendió, e hizo otra pero con venta de publicidad. Tenía 15 años.

Antes de terminar el colegio en Esquel y llegar a Buenos Aires, Casares se ganó una beca para estudiar inglés en Estados Unidos. Llegó a un pueblo en Pennsylvania cerca de Pittsburgh. “Fue muy importante no sólo porque aprendí inglés, sino porque me abrió el mundo, me cambió la cabeza. No había salido de la Patagonia”, recuerda.

MBA versus emprender

Después de su intercambio a Estados Unidos, Casares se fue a vivir a Buenos Aires con sus hermanas y entró a la Universidad de San Andrés, becado y sin un peso. Cuando estaba ahí comenzó su primer gran negocio, Internet Argentina, y pidió un permiso especial para no estar en clases. Luego volvió y se metió a fondo a crear Patagon. Le pidió otro permiso al rector, pero como ya habían hecho una excepción, no podían volver a hacerla. Lo entendió y decidió irse.

-¿No le importó  no terminar, considerando la valoración de posgrados y títulos?

-Es que a mí no me importa mucho no tener título. Y no lo digo por el título, sino porque para mí es una mala fórmula elegir lo que hago o no en función de lo que piensa la sociedad. Si pudiera retroceder el tiempo, estudiaría algo más sensato que negocios. Creo que me sirvió muy poco. Porque si van a ser cuatro años, o los que sea, de tu vida, aquí hay poco que aprender. Si lo pudiera hacer de vuelta, estudiaría una ciencia dura, alguna ingeniería o una ciencia aplicada, o química. Algo que sea un buen marco para pensar.  Estudiar negocios me parece medio ridículo. Si quieres ser emprendedor y producir cosas por tu cuenta, es importantísimo no hacer un MBA. Muéstrame un MBA que sea un buen emprendedor. Cuando te enseñan a ser un buen ejecutivo miras los riesgos, tu carrera y tu currículo de otra manera. Tengo un socio que dice que le gusta que la gente tenga las suelas gastadas, que tenga los zapatos  gastados. Cuanto antes tengas las suelas gastadas, mejor. Pero no vas a gastar las suelas sentado en un aula de clases.

ALGO DE PARANOIA

“Mientras más temprano puedas tener fracasos, mejor”, dice Casares. El fracaso está de moda hoy en seminarios, ponencias y discursos empresariales. El de Casares fue cuando era muy joven. Pero aprendió rápido de esa experiencia “porque los fracasos enseñan mucho más que los éxitos”. A él le pasó en Internet Argentina, su primera empresa, que fundó en 1994, donde, sin entrar en detalles, se puede decir que eligió mal a su socio… “gracias a que eso me pasó pude hacer las cosas mejor”.

Tenía 21 años y de ahí sacó las lecciones más importantes de su vida hasta ahora: “Esas que te llegan al hueso”.

-Usted ha dicho que gracias a esto pudo ser menos arrogante, pero que también se puso algo paranoico y que aprendió a no celebrar.

-Cierta paranoia. Volviendo a donde crecí, tal vez haber crecido en la Patagonia te afecta, eres un poquito paranoico. Es un terreno muy agreste donde no te puedes descuidar. Donde tienes que estar alerta.

También aprendió a no celebrar demasiado. “Veo gente que ha tenido éxitos y se les sube a la cabeza. Siempre pienso que la experiencia de Internet Argentina me ayudó a manejar bien el éxito de Patagon”.

-Una de sus frases es “los éxitos sólo dan vicios”. ¿Eso lo sacó de esa experiencia?

-Cuando algo sale muy bien, no sabes cuál de todas las cosas que hiciste tuvo que ver para que saliera así. Probablemente sólo algunas sirvieron, y muchas estaban mal hechas, lo que pasa es que igual resultó. Pero refuerzas los vicios, porque las cosas que estaban mal hechas crees que tienen que ver con el éxito.

El mundo es redondo

En 2003 Casares estaba recién casado y se compró un velero de segunda mano en Miami. Aprendió técnicas de navegación y  se lanzó al mar. En tres años bordeó los cinco continentes. Partió desde Miami con su mujer Belle y su hijo Diógenes y sin tripulación. En el trayecto nació otro, Theo (hoy tiene tres hijos).

“Tengo suerte de haber hecho muchas cosas a la edad que tengo”, dice. “Pero de lejos de lo que estoy más orgulloso, y lo que fue lo más difícil, es haber dado la vuelta al mundo en velero con mi mujer y los chicos. Es lo que más atesoro de todo”.

-¿Fue una especie de escape?

-Es curioso, porque cuando empecé el viaje estaba cansado de hacer negocios. El último año, cuando habíamos recomprado Patagon, había tenido que reestructurar, vender, que no es algo que me guste, me parece muy ingrato, fue emocionalmente agotador. Un poco en reacción a eso hice este viaje. Me había casado hace poco y pensé que para qué trabajaba tanto y que si no lo hacía ahora no lo haría nunca. Y me dejé el pelo largo ¡largo! y pensé que no quería volver a hacer negocios nunca más.

-Mucha gente lo vio con envidia, otros lo criticaron por estar haciendo una suerte de abandono de su “misión” en la vida.

-Cualquier ricachón que veía con envidia mi opción de vida se sube al velero y se baja en una semana. El trabajo que hay que hacer de mantener el velero, con la ansiedad qué dan estar con tu mujer y tus chicos cuando viene la tormenta, cuando tienes que hacer la ruta… si quieres una opción de vida tranquila, ésta es una de las últimas.

-¿Pero tuvo la tentación de sabatizarse?

-Sí, pero fue distinto. Cuando empecé el viaje no quería hacer más negocios. Pero el mundo es redondo y volví donde partí, y con la cabeza también. Nos levantamos en la India mi mujer y yo, nos hicimos unos amigos en un pueblito, ella les estaba preguntando de su cultura y yo de cuánto ganan, cuánta gente viene, etc. El viaje me sirvió para darme cuenta de que hago lo que hago porque me gusta, porque no sé hacer otra cosa y me sirvió para volver a hacerlo con ganas.

En el viaje, durante la Navidad de 2006 en Tailandia, se le ocurrió Bling. “Estaba impresionado cómo estaba incorporado a la vida de la gente el celular. Mi hermana me regaló un iPod, estaba jugando con él y no sé cómo empecé a pensar en las transferencias.

-En Chile la clase empresarial es comprometida con la política, la argentina no. ¿Por qué no lo ha logrado revertir gente como usted?

-La clase empresaria chilena es, aunque sea difícil generalizar, un ejemplo para América Latina, y está notablemente comprometida con lo público, les importa el país. En mi caso, me siento increíblemente afortunado por estar donde estoy. Me comparo con los chicos con los que fui a la escuela, gente muy inteligente, y que, sin embargo, les va pésimo y no tienen perspectivas de que les pueda ir mejor. Cuando me imagino que estos casos no son pocos, sino millones en América Latina, siento un deber como el que veo que tiene la clase empresarial chilena. Tratar de contribuir a que más gente pueda tener acceso a oportunidades. Mi contribución va por otro lado, por lo que sé hacer bien. No tiene por qué ser política.

-¿Cómo ha sido su experiencia haciendo negocios en la Venezuela de Chávez?

-Cuando ganó Chávez tenía la esperanza de que fuera un Lula, o como la Concertación en Chile, alguien que por fin representa a los votantes, un Presidente que represente al pueblo, a la nación. Pero me ha decepcionado mucho. La gente del pueblo no está mejor con Chávez, sino bastante peor.

-¿Le duele Argentina?

-Sí, me duele y me da mucha pena. La verdad es que estoy más informado de la política chilena que de la Argentina hoy, pero Argentina tiene una crisis de valores que va a tomar más de una generación arreglar. Es una sociedad que está moralmente quebrada, que no funciona, donde no hay capital social, no hay confianza.